DOMINGO DE RAMOS






 Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel, que en esta semana, precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.
Este acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán al animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. Los discípulos siguen escrupulosamente las indicaciones. A los que preguntan por qué desatan al borrico, les responden: “El Señor tiene necesidad de él” (Lc 19, 31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero.
Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera “entrada solemne en Jerusalén”.
El Domingo de Ramos, que nos recuerda y hace presente esta “entrada”. En un especial rito litúrgico repetimos y reproducimos todo lo que hicieron y dijeron los discípulos de Jesús –tanto los cercanos como los más lejanos en el tiempo– en ese camino que llevaba desde el Monte de los Olivos a Jerusalén. Igual que ellos, tenemos en las manos los ramos de olivo y decimos –o mejor, cantamos– las palabras de veneración que ellos pronunciaron. Estas palabras, según la redacción del Evangelio de Lucas, dicen así: “Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 38).
En estas circunstancias, el simple hecho de Jesús, q
2. El Domingo de Ramos abre la Semana Santa de la Pasión del Señor, de la que lleva ya en sí la dimensión más profunda. Por este motivo, leemos toda la descripción de la pasión del Señor según Lucas.
Jesús, al subir en ese momento hacia Jerusalén, se revela a sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, ya se había revelado desde hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba, y al enseñar como doctrina de su Padre todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la “entrada solemne en Jerusalén” constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte que le preparan los representantes de los ancianos de Israel.
Las palabras que dice “toda la muchedumbre” de peregrinos que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar la decisión final.
El Maestro es plenamente consciente de ello. Todo cuanto hace lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua. La entrada en Jerusalén fue el cumplimiento de la Escritura.
Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que él solo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a “la muchedumbre de los discípulos” –que a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban “Hosanna”, alabando “a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto” (Lc 19, 37)–, como a esos Doce más cercanos a él. A estos últimos el amor por Cristo no les permitía admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión le dijo Pedro: “Esto no te sucederá jamás” (Mt 16, 22).
En cambio, para Jesús las palabras de los Profetas son claras hasta el fin, y se le revelan con toda la plenitud de su verdad; y él mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.
“El Señor Dios me ha abierto el oído, y yo no me resisto, no me echo atrás” (Is 50, 5).
De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.
“He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. No escondí mi rostro ante las injurias y los esputos” (Is 50, 6).
“Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza. Me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (Sal 22, 8. 17-19).
3. He aquí la liturgia del Domingo de Ramos: en medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en él al Mesías, solo él, Cristo, conoce hasta el fondo la verdad de su misión; solo él, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre él han escrito los Profetas.
Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en él con la verdad interior de su alma. Él, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su “entrada en Jerusalén”, él es “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 8).
Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo, que es de naturaleza divina, se despoja a sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a sí mismo (cf Flp 2, 6-8). Y permanece en este abajamiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad llena de gracia y de verdad.
Él, el Hijo del hombre, va con este aniquilamiento y expoliación hacia los acontecimientos que se cumplirán cuando su abajamiento, expoliación y aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado por el propio pueblo, condenado a muerte y crucificado, hasta que pronuncie el último: “Todo está cumplido”, entregando el espíritu en las manos del Padre.
Esta es la entrada “interior” de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.
En cierto momento, se le acercan los fariseos, que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y le dicen: “Maestro, reprende a tus discípulos”; Y Jesús contesta: “Os digo que, si ellos callasen, gritarían las piedras” (Lc 19, 39-40).